Al menos dos sábados por mes la terraza de Doña Filomena Díaz, viuda por partida doble, se
convertía en un verdadero jolgorio. Vecinos amigos y parientes se apretujaban tratando de
llegar temprano para ganar los mejores lugares. No faltaba a veces algún colado mal
entretenido, intentando pasar desapercibido entre el gentío. Cuando la vieja lo detectaba,
lo hacía sacar de la solapa por el Oso Aranguren.
La ubicación de la terraza era un lugar inmejorable para ver los partidos del equipo local,
el Atlétic Sport Club de Villarrica. Desde la misma se podía contemplar la todo el terreno
de juego. Era una especie de platea preferencial.
La cancha de tierra era regada en abundancia antes de cada partido, pero a veces el viento
levantaba una nube de polvo que la borraba en buena parte y la confusión era tal que solían
inventarse goles que no existían.
Doña Filomena había sabido usar sus contactos y buenas artes como una de las vecinas más
antiguas y conspicuas de Villarrica, para impedir que cualquier objeto material se
interpusiera entre su terraza y la cancha. La buena conducta de los contertulios también
contribuía.
Es que ella había impuesto reglas claras para que la velada no se desbordara. Nada de
alcohol, carteles groseros ni expresiones insultantes. Aquella era la fiesta del viril
deporte del balompié, como Doña Filomena se solazaba en llamarla, y nada debía perturbarla.
Se podía increpar al referí cuando se consideraba que había incurrido en un fallo
equivocado, pero sin insultos groseros o palabras que atentaran contra la moral y las buenas
costumbres, como predicaba el Padre Joaquín en las misas de los domingos.
Sin embargo aquella era una ocasión especial. El Atlétic había hecho una gran campaña y se
jugaba la chance de ascender a Primera C, la liga en la cual ya figuran los partidos en los
diarios de la Capital. Y para colmo la final era con el rival clásico, Unidos de General
Ortega, el eterno campeón, al que muy pocas veces habían podido vencer. La oportunidad era
imperdible. Con solo un empate se clasificaba el Atlétic, sueño eterno de todo Villarrica.
El día del encuentro doña Filomena se había permitido algunas licencias. Desde muy temprano
comenzó a llegar la hinchada. La mayoría de lo hombres con la camiseta verdinegra del club.
El gordo Merlo cayó con un fuentón de diez litros de clericó. El Pocho Peralta trajo los
sanguches de salame y mortadela. En los tachos con hielo se amontonaban porrones de cerveza,
botellas de sidra, vino y sifones. El viejo Don Cosme se apareció con un cartel que instaló
en la baranda de la terraza, y en el cual con grandes letras había pintado: “Atlétic Sport
Club Campeón, todo el mundo festeja, y yo te sigo desde la panza de mi vieja”. También
salieron a relucir pitos, matracas y largas cornetas. No vengan ahora con que los
sudafricanos inventaron las vuvuzelas.
La cosa es que ya estaba todo preparado. Serían como las cinco de una agobiante tarde de
diciembre, cuando el referí pitó y ante la expectativa general el partido dio comienzo.
Los primeros minutos fueron de mucha cautela, como estudiándose. La pelota rotaba la mayoría
del tiempo en el medio campo. Pero con el correr de los minutos, Unidos hizo pie en la
cancha y comenzó a generar llegadas peligrosas sobre el arco del Atlétic, cuyos defensores
se las veían en figurillas, terminaban reventando la pelota al cielo, gritaban como marranos
y lanzaban insultos a los cuatro vientos. En la terraza de Doña Filomena no se escuchaba ni
la respiración, sufrían como condenados y las bebidas corrían de boca en boca para calmar
las ansias y la sed.
Al minuto treinta y cinco, el Negro Cardozo, wing derecho de Unidos, armó una jugada por su
línea y mandó un centro que tras desviarse en el primer palo, le quedó servida a la cabeza
engominada con Brancato del Flaco Raffo, para empujarla de un frentazo al fondo del arco.
Los jugadores del Atlétic se insultaban entre sí, mientras los de Unidos saltaban, se
encimaban sobre Raffo, lo besaban y acariciaban. Parecen maricas, comentó Don Cosme en la
terraza. Nuestro entrenador es un salame, dijo el pelado Ortubia. Tarado, no tenemos
entrenador, ¿no te acordás que el Mono Varela lo durmió de un trompadón cuando lo reemplazó
en el partido con Coronel Vázquez? le replicó el Toto. Estaba en orsai, vociferaba el petiso
Salvatierra. Todos lo
miraron desconcertados. Los diez minutos restantes fueron intrascendentes. El referí pitó el
final del primer tiempo.
La terraza era un cementerio. Susurraban plegarias y maldiciones. Voy a preparar más
clericó, dijo el Gordo Merlo resignado. En la piecita de las herramientas que hacía las
veces de vestuario, los del Atletic discutían acaloradamente. Tenemos que salir con un
cuatro, tres, tres, decía uno. No, para mi tiene que ser cuatro, tres, cuatro, opinó otro.
Pará infeliz, te sobra uno, le replicaron. ¡Ma sí, juguemos como sabemos!, enfatizó el
Miguel Chiquizuela.
Comenzó el tiempo complementario y la historia no cambiaba. Unidos de General Ortega los
estaba bailando. Pero si Dios existe, se hizo presente en esa cancha exactamente a los
cuarenta y cinco minutos mas uno de descuento. Porque en ese momento, justo en ese momento,
cuando parecía que se venía la noche y que la suerte estaba echada, el crédito local, el
Zurdo Guevara, protagonizó una guapeada ante un descuido de la defensa visitante, ganó en
velocidad y con una gambeta encaró decidido hacia el área. La elipse perfecta del zapatazo
entrando en el ángulo superior derecho del guardameta visitante fue una metáfora de esas que
el fútbol a veces nos regala. Todo el Atletic se zambulló encima del Zurdo, uno arriba del
otro como acróbatas de circo. Cuando por fin pudieron desenredar esa marea humana y el Zurdo
Guevara apareció desde abajo hecho un guiñapo, corrieron todos a saludar a la hinchada
saltando y gritando como locos. El referí dio por finalizado el partido. El Atletic era
campeón.
Entonces se desató la locura. Todos los jugadores del Atletic se entregaron a una euforia
desenfrenada. Se abrazaban, se sacaban las camisetas, tiraban besos a las tribunas, se
subían unos a otros a cococho. Finalmente dieron la vuelta olímpica, y se detuvieron frente
a la terraza de Doña Filomena agitando los brazos y gritando vivas.
Y ni que decir lo que era esa terraza. Ya se habían chupado todas las bebidas. Tenían una
mamúa de novela. El petiso Salvatierra comenzó a challar con los sifones, sonaban las
cornetas y matracas, volaban las serpentinas y el papel picado, que mezclado con el agua
derramada formaban un enchastre resbaloso por el que patinaban los
cuerpos húmedos dándose porrazos a diestra y siniestra. El Gordo Merlo se había sacado la
camiseta verdinegra y los pantalones quedando en calzoncillos, actitud que comenzaron a
imitar los demás varones presentes. La Gorda Eulalia encontró la ocasión para abrazar a su
marido que hacía años ni la tocaba. La Elsa y Doña Filomena lloraban emocionadas de alegría.
La Yoli y la Marilú aprovecharon la confusión y se besaban en un rincón. Viste, viste, ya me
parecía que esas eran invertidas, le comentaba la Silvia a la negra Raquel. Al final
terminaron todos semidesnudos y pringosos de pies a cabeza.
Nadie se dio cuenta que el viejo Don Cosme estaba tirado en el piso, no se sabe si desmayado
o muerto