Toda la historia parece girar en torno de Carlos, y algunos trocitos de Verónica. Carlos y
Verónica no mueren, aunque ambos tuvieron sobradas razones para hacerlo. Él por accidente.
Ella por tristeza. Pero Carlos y Verónica no mueren. Esa es la verdadera historia. El resto
es ficción.
Carlos es boliviano, natural de Oruro. Lo que más le agradaba a Carlos desde pequeño era
participar en el carnaval orureño. Se preparaba todo el año para ello, junto a demás
danzarines de las diabladas y morenadas, las comparsas más populares.
La festividad se celebra cuarenta días antes antes de la Pascua, con el primer convite a la
Virgen del Socavón., en el que todos los conjuntos visitan el templo donde tiene lugar la
ceremonia del permiso.
Carlos no necesitó ese permiso para adentrarse en el socavón de la mina San José. Ya conocía
de memoria todos los vericuetos. Caminaba parsimoniosamente y confiado por las entrañas de
la montaña inmutable, que nadie imaginaba, estaba al borde del colapso.
Pertenecía al grupo de los Caporales, aquellos que danzan frenéticos, demostrando la
agilidad de la danza y luciendo orgullosos trajes con mucho brillo, mientras los
esplendentes juegos artificiales contagian a los asistentes en un clima alegremente festivo.
El también salta y danza en delirantes torbellinos luciendo su traje colorido colmado de
perlas y lentejuelas. La careta del Diablo pagano con rostro exagerado esconde su verdadero
rostro cotidiano de indio aymará. El sudor se filtra por su cuerpo y los charcos van
vistiendo las calles de lluvias florecidas.
Comenzó el descenso a la cota doscientos. En ese momento la montaña desprendió se sus tripas
un desenfrenado estertor de fuegos y temblores.
“Es viernes, es la Fiesta del Diablo” se dijo Carlos poseído, saltando y bailando. Los
fuegos de artificio anunciaban el convite a la challa de los mineros. Bebió abundante chicha
y mote, comió charquekan (asado de cabeza de oveja) y guiso de caldán, preparado como solo
su suegra podía hecerlo. Atontado y borracho se tiró en el catre.
Otro operario chileno llegó a la cota trescientos y desmesuró los ojos, preso del terror. El
nivel que contemplaba indiferente todos los días ya no existía. Tomó la radio y le habló
desesperado a unos de sus compañeros en la superficie: “¡Sácame de acá guevón, que esto se
está yendo a la cresta po!”. La montaña vomitaba intermitentemente un polvillo espeso.
Verónica Quispe leyó varias veces la carta de su esposo, y lloró otras tantas. Una semana
atrás recibió la noticia que su esposo estaba con vida allá abajo. Hoy sabe casi de memoria
cada palabra escrita en aquella hoja cuadriculada. Llora de alegría al mismo tiempo que
mastica la rabia.: “El está en el infierno. Que el Diosito le tenga compasión y me lo
entregue sano y salvo”. Su pequeña hija de cachetes hinchados y ojos pequeños no lo sabe,
pero allí, debajo de sus pies, a más de 700 metros del suelo está su padre.
A la veintiuna diez hora local, setenta días después del descomunal derrumbe, una polea que
tiraba una cuerda de acero amarrada a la cápsula Fénix II, sacó a Carlos de las
profundidades. Lo primero que preguntó luego de abrazar a su esposa y su hija, fue si aún
había tiempo de asistir al entierro del Diablo, la quema para que renazca de las cenizas al
año siguiente, vigoroso y renovado. Calzaba zapatilla Niké, y llevaba puesto su traje
brillante de perlas y lentejuelas. De una de sus manos colgaba una desafiante máscara de
Lucifer con rostro exagerado, ojos saltones y complicados arabescos de cuernos.
Manifestó su intención de asistir a la challa para agradecer a la Pachamama.